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Sé vivir con diabetes

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Ocho litros de agua diarios, pérdida de peso, cansancio, dolores, sed, mucha sed... y al final una hemorragia que me llevó a Urgencias el 25 de julio de 2006. Tenía 25 años y me encontraba en una fase de la vida de éstas que dices 'todo va bien'. Era un espejismo.

Cuando me ingresaron tenía 450 de azúcar en sangre, niveles altísimos de cuerpos cetónicos en la orina y la maldita hemorragia que me llevó -a Dios gracias-, al hospital. Mi sangre estaba 'envenenada' por el azúcar. El médico fue muy claro: "Tienes diabetes Mellitus Tipo 1". Se me vino el mundo encima. ¿Cómo podía ser? No hay antecedentes familiares; no me gusta el dulce, nada de nada, ni lo pruebo, ni lo probaba. Lo que hace el desconocimiento.




Las razones eran secundarias. Lo primero era reducir esos niveles de azúcar. Insulina en una vía y glucosa en otra para evitar una hipoglucemia. "Te quedas ingresada". Esa primera noche fue mi peor pesadilla. Me quedé varias veces sin control sobre mi cuerpo, los brazos y piernas no me reaccionaban, no sentía los labios, tenía sudores fríos... ¡Malditas bajadas de azúcar! ¿Esto era lo que me esperaba para el resto de mi vida? No podía ni quería aceptarlo.

Estuve en el hospital tres semanas. Pero lo peor estaba en mi cabeza que era incapaz de aceptar que con sólo 25 años iba a ser una enferma crónica para toda la vida. ¿Por qué? ¿Por qué a mí?
Me hicieron varios estudios y, aunque no había una razón clara del todo, se dio con una. Los casi cuatro años que estuve trabajando de 00.00 horas a 07.00 horas, el descontrol alimenticio, la falta de ejercicio, la escasez de sueño... habían vuelto loco a mi sistema. El páncreas no lo aguantó y pasó factura.

Tuve que aprender a pincharme; tuve que aprender a hacerme controles de azúcar; tuve que aprender qué cantidad de hidratos de carbono tenían 20 gramos de pan y cuántos podía comer; tuve que asimilar que tenía que hacer ejercicio todos los días; tuve que concienciarme de las consecuencias que tendrían para mí cualquier exceso; tuve que aceptar, en definitiva, que era una enferma; tuve que digerir que tenía que vivir. Y confieso: me costó.



Recurrí a profesionales, pero sobre todo a mi familia, a mis padres, al que ahora es mi marido, a mis amigos y a gente que como yo era diabética insulinodependiente. Aprendí a cuidarme, a salir a caminar una hora todos los días, a descansar antes de que el cuerpo te diga basta.
10 años después de aquel 25 de julio vivo muy controlada médicamente con revisiones de azúcar diarias, análisis clínicos cada dos meses, visita al endocrino cada tres...

Tengo una vida completamente normal, a excepción de algún susto provocado por las hipoglucemias. Todo mi cuerpo está conectado a ese azúcar y cuando algo se altera, ya sea alimenticio, físico o emocional, el sistema se resiente y viene el bajón de azúcar y el botón del pánico. No para mí, que en esta década he sabido gestionarlos, sino para los que están a mi alrededor. Ellos son enfermos crónicos pasivos.


Vivo con esta enfermedad, no sobrevivo. Y vivo feliz dentro de las limitaciones que la diabetes me supone. Pocas, la verdad. Es una máxima que me propuse al descubrirla. Me limitaría lo justo y necesario para estar sana, para cuidarme, pero para nada más.

Desde entonces he tenido dos hijos. Dos embarazos, más controlados, pero sin ningún problema, dos partos normales y dos niños sanísimos. No son diabéticos, pero tampoco les gusta el dulce. Trabajo, viajo, entro, salgo... Disfruto de la vida acompañada por el glucómetro, la insulina, el control alimenticio y los análisis. Mis compañeros de viaje. Un viaje, con una mochila más cargada que la de una persona sana, pero igual que la de cualquiera. Soy diabética, sí. Soy una enferma crónica, sí, pero sé vivir.


¡Toma nota! Trucos para no aumentar de peso esta navidad

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La querida y temida Navidad está a la vuelta de la esquina, y quien más y quien menos ya se está preparando para las cenas familiares, comidas con amigos, reuniones con ex-compañeros de la facultad, aperitivos que amenizan los largos días de compras y un extenso etcétera de excesos de comida y bebida que son los compañeros perennes de estas fechas.

La Navidad es una de las épocas del año, quizás junto al verano, en la que más gente sube de peso: solemos tener más manga ancha con las comidas, al mismo tiempo que las reuniones sociales y los compromisos nos quitan tiempo para mantener nuestra rutina de ejercicio o actividad física, y esto se traduce en unos kilos de más para la cuesta de enero.

¿Qué podemos hacer para que la Navidad no termine por pasarnos factura a nivel físico? Te damos las claves para que diciembre no sea ese mes en el que cogiste cuatro kilos.

Mantén tu rutina de ejercicio en estas fechas

Si planificar en tu día a día es importante, lo es aun más en estas fechas donde seguramente nos veamos sobrepasados por distintos compromisos. Pero recuerda que, antes que nada, tienes un compromiso contigo mismo y con tu salud: seguro que puedes sacar 30 minutos diarios para dedicarlos al ejercicio.
No hace falta que corras maratones o que te pegues unas tremendas palizas en el gimnasio: simplemente con una pequeña rutina en casa de 30 minutos de duración es más que suficiente.

Reduce los excesos a los días festivos

A pesar de que los turrones lleven desde principios de octubre en las estanterías de los supermercados, en realidad la Navidad no son tantos días. Que sea un período festivo no debe darnos manga ancha para comer o beber en exceso todos los días de diciembre (y algunos de enero).

Reduce (o elimina) el consumo de alcohol

El alcohol puede duplicar muy fácilmente las calorías que ingerimos en una comida. Si los días de fiesta nos sentamos frente a una abundante mesa, regamos las copas con distintos vinos y después nos alegramos la noche con unas cuantas copas estaremos consumiendo calorías (y calorías vacías en el caso del alcohol, sin aporte de nutrientes) en cantidades desmesuradas.
Solo con reducir o eliminar el consumo de alcohol ya podemos tener medio camino andado. Si no quieres eliminarlo, reduce su consumo en las comidas: una vez consumida tu copa de vino, rellénala con agua, no con más alcohol. Por la noche siempre puedes optar combinados sin alcohol en los bares o discotecas. Restarás calorías y sumarás en salud.

Aprovecha para moverte más

¿Tienes un montón de recados y compras que hacer y el centro está colapsado de autos? No te lo pienses y ve andando o utiliza el transporte público, con sus escaleras tradicionales. Intenta dejar de lado el ascensor y usa las escaleras tantas veces como puedas. Sal de compras en lugar de pedirlo todo por internet. Aprovecha esa tarde libre para dar un paseo por el centro y disfrutar de las luces de Navidad de la ciudad. Baila hasta que te canses en esa quedada con tus amigos en lugar de quedarte parada en la barra.
¡Todo cuenta a la hora de moverse! Si tienes una pulsera cuantificadora de actividad física verás que con estos pequeños cambios en estos días harás tu récord personal de movimiento. Si todavía no tienes una, puede ser un buen regalo de Navidad (puedes encontrar las claves para escoger la que mejor te va aquí).

Cocina para las fiestas

Si crees que vas a llegar a la mesa un día de celebración y no vas a encontrar nada saludable que llevarte a la boca, ¡prepáralo tú mismo! Quedarás súper bien ante los anfitriones, puedes animar a los comensales a que prueben nuevos alimentos o sabores y tú seguro que tendrás algo de picar. No tiene que ser un plato digno de Martha Stewart: unas crudités con hummus bien presentadas, por ejemplo, te pueden salvar la noche.

No te saltes comidas por miedo a engordar

Una de las cosas más típicas que ocurren en estas fechas es que cuando sabemos que vamos a una cena de fiesta donde va a haber abundante comida, nos saltamos la comida anterior por miedo a engordar. Con esto lo único que conseguimos es llegar a la cena con muchísima hambre y arrasar con todos los aperitivos que encontramos en la mesa (que, a excepción de los postres, suele ser lo más calórico que hay).
No pases días sin comer antes de una fecha especial: es absurdo y contraproducente. En lugar de eso, procura hacer una comida ligera que te mantenga saciada hasta la hora de cenar. Antes de llegar a la cena puedes comer algo saludable como merienda, como un puñado de frutos secos o un yogur con quinoa.

Aumenta el consumo de frutas y verduras

Cualquier época del año es buena para esto, pero la Navidad es el momento ideal para que frutas, verduras y legumbres llenen tus platos. Si cuando piensas en verduras solo se te viene a la cabeza la típica ensalada fresquita del verano, prueba los platos calientes elaborados con vegetales. Desde cremas y sopas hasta sabrosas lasagnas de berenjena o hamburguesas de lentejas. Las verduras no son solo para el verano.
¿Y qué hay de las frutas de invierno? Los cítricos como las naranjas o las mandarinas son un excelente postre para cualquier comida. El kiwi podemos incluirlo en nuestro desayunos si preparamos un sabroso smoothie bowl. Y la piña está riquísima, tanto si la comemos sola como si forma parte de nuestros platos. Solo intenta comprar fruta de proximidad para reducir la huella de carbono y para promover el comercio local.